Mil imágenes mías

Miércoles, 19 Abril de 2017

Abrí los ojos rápido, ya empezaba a sentir las punzadas en mi cabeza. Aquello había sido muy, pero que muy, mala idea.

La primera vez que me pasó, creí que estaba loca. Era mi primer año de instituto y había un chico que me gustaba. Un día, sentados en un banco, a la salida de clase, me dio un beso rápido y casto en la boca. Me esperaba suavidad, humedad. No esperaba las imágenes que surcaron mi cabeza, acompañadas de aguijonazos, como torbellinos descontrolados sin orden ni sentido alguno. Visualicé a un chico alto, rubio, con un parecido demasiado cercano al niño pecoso que tenía delante, conduciendo una moto sin casco. Había otras escenas de él mismo con una cerveza en la mano y, con la otra, agarrando a una chica; también vi un anillo fino de oro guardado en el cajón de una mesilla, pude casi percibir el olor a perfume barato.

Las pocas ocasiones que me dejé besar por algún otro vinieron cargadas con más. Todo fue a peor en el momento en el que vi que se cumplían. Llegué a pensar que era una maldición. Había veces que no me afectaba, pero otras era horrible. Muertes, violencia, dolor. Me volvía enferma. Así que, al final, opté por no dejar que aquello volviese a ocurrir.

Debí despertarme, instantes más tarde, al sentir que estaba tumbada sobre un suelo pegajoso, con un ruido atronador de fondo. Oía que alguien me llamaba, pero todavía no podía ver nada. –Helena, Helena. ¿Me oyes? ¡Helena!–Me sonaba esa voz. Comencé a abrir los ojos. Me encontré con una cara preocupada sobre mí. Dos segundos más tarde me volvió a la mente lo que acababa de suceder. Con un espasmo, me erguí demasiado deprisa, y Adrián me sujetó, a tiempo, antes de marearme y caer de nuevo.–Ten cuidado, Helena. Levántate despacio.–Me cogió de la cadera y, con su ayuda, me puse de pie. Conseguí estabilizarme.

–No sé, yo…– Intenté decir.–No sé qué me ha pasado.–Bajé la cabeza y solté una palabrota.–Yo que sé, por un momento quería dejarme llevar.–El chico se había escapado ya, y el olor a sudor de la discoteca me estaba inundando las fosas nasales, dándome ganas de vomitar. El sonido era un infierno y sólo quería huir de allí.–Vámonos por favor, este sitio apesta.

–Vale.–Su mirada se clavó en mí unos segundos, sus ojos verdes claros me preguntaban que qué había visto, y si podría dejarlo pasar. Negué levemente con la cabeza, dejándole claro que no quería hablar de ello todavía. Me agarró de la mano y se dirigió a la salida, llevándome tras él. Adrián era la única 1 persona a la que se lo había contado todo. Le conocía desde que éramos niños porque nuestras familias eran íntimas. Él era un pilar incondicional para mí. Me creyó, no hizo falta más. Él era mi hogar. De camino a casa no dijimos nada ninguno. Algo no iba bien, aun estando a mi lado le notaba más lejos que nunca. Cuando llegamos a mi portal, nos detuvimos.

–Lo siento, menudo rollo para ti andar de niñera, ¿eh?–Dije, intentando bromear. Sus ojos me evaluaron y torció la cabeza.–Te recompensaré, ¡prometido!–Seguía sin decir nada. No sabía qué le pasaba. Continué con lo que ya necesitaba contarle.–Vi un perro, flacucho y marrón, corriendo. Vi una casa de piedra rodeada por una galería de cristal y madera blanca. Un cuadro, de unos árboles y una cabaña, con una Q garabateada en la esquina inferior derecha.–Suspiré.–También vi lo que parecía una cama de hospital. Y sentí su dolor, Adrián, sentí su dolor tan dentro de mí...–Empezaron a caerme las lágrimas y bajé la cabeza. Noté sus dedos sujetándome la barbilla y la elevó hasta que mis ojos se encontraron con los suyos. Me abrazó. Estuvimos así, lo que parecieron varios minutos, hasta que se separó de mí. Su expresión tierna se esfumó y, en su lugar, apareció la duda.

–¿Por qué te besaste con él?–Me preguntó. Suspiré impaciente.

–Ya. Ya lo sé, Adri. Es que por un segundo quería que me diera igual, por un segundo…

–No. No me refiero a eso.–Le miré sin entender.–Me refiero a por qué quisiste besarle, por qué te apeteció.–Esperé a que añadiera algo más, pero eso último quedó suspendido en el aire. Intenté responder, pero sólo conseguí boquear palabras incoherentes.–Vale.–Se giró para irse y me puse en tensión.

No quería que se fuera. Le agarré del brazo. Le pedí por favor, con la mirada, que no se marchara así. Soltó una palabrota y me encaró

. –¿Te acuerdas de este verano, de la noche en la playa, cuando bebimos del vino de la bodega de tu padre?–Asentí, vacilante. No recordaba nada de las últimas horas de aquello, había bebido demasiado.–Quise besarte, Helena, y tú también querías. Pero luego me dijiste que no podías estar con nadie por lo que te pasaba. Que jamás le harías eso a otra persona de nuevo.–Sentí como si me hubiesen pegado una bofetada. Mi cara lo debió expresar todo, porque se alejó un poco más de mí. Bajó la cabeza.–Creo que es una excusa. Por el miedo que tienes al…– me miró –al futuro, estás dejando pasar tu presente, Helena.

Mi voz y mis músculos se bloquearon. Me quedé ahí, quieta. Esperó pero no reaccioné, así que se marchó. Aun así no me moví. No paraba de darle vueltas a lo que acababa de presenciar.

Pasaron los días y no supe nada de él. Tres semanas más tarde, un sábado, era la boda de una amiga nuestra. Le vi sentado entre la gente, de lejos, durante la ceremonia. Más tarde, se celebraba el banquete en un amplio espacio exterior con jardines, carpas y muchas pequeñas luces. Estaba sentada observándole. El modo de mover el pulgar siguiendo el ritmo de la música. El leve ajetreo en sus ojos cuando fingía que escuchaba a alguien. El hoyuelo en la comisura izquierda, sus manos con las venas exactamente marcadas.

En un momento dado se acercó a mi mesa para felicitar a la novia de nuevo. Cuando ya se iba a alejar, de repente, y sin pensarlo, un ¿bailas? se escapó de mi boca. Pasaron unos segundos hasta que me agarró por la cintura y me llevó a la pista de baile. No me quitaba los ojos de encima. No nos dijimos nada. La música de fondo nos arrastraba y yo sentía que no había vuelta atrás. Nos acercábamos despacio. Era el vértigo más dulce de mi vida.

Seguimos buscándonos hasta que me pidió permiso con la mirada y asentí, haciéndole saber que podría, por él, con lo que vendría a continuación. Juntó su boca con la mía. Esas punzadas, tan molestas otras veces, en aquel momento se asemejaron a cosquillas. Y entonces lo vi.

Cuando nos separamos, me encontró con lágrimas en los ojos. Se puso tenso.

–No quiero saberlo, me da igual. Me da igual, te lo juro, no me importa. Helena, sólo me importas tú y el ahora.– Sentenció serio. No podía aguantar más. Me lancé de golpe sobre él para abrazarle y me eché a reír, con ganas. Después de la sorpresa inicial, noté como me rodeaba con sus brazos.

–¿Por qué te ríes?–Nos separó y cogió mi cara con las dos manos, levantando ligeramente una ceja, entre curioso y preocupado.

–¿Qué has visto? En cuanto me recompuse, le contesté, alto y claro, contagiándole una de sus sonrisas más bonitas.

–Mil imágenes mías.